La verdadera historia de Fantômas

 

Por José Luis Ibáñez

Tropecé con él por casualidad, mientras me documentaba para Nadie debería matar en otoño (Espasa, 2007) y También mueren ángeles en primavera (Espasa, 2009), dos novelas negras ambientadas en la Barcelona de la Guerra Civil. Eduardo Arcos era el prototipo de caballero ladrón, un gentleman del crimen: educado, atractivo y cosmopolita. Entre 1905 y 1914 fue la pesadilla de los hoteles de lujo de Europa y América. Le fantôme, el fantasma, como lo bautizó la prensa francesa, pudo ser el modelo en el que se basó Fantômas, uno de los mitos de la literatura criminal del siglo XX.

 

Madrid, 22 de septiembre de 1916, dos de la madrugada. Casa de huéspedes de la calle de Apodaca, 3. Los agentes Heredia y Blasco llaman a la puerta de un tal don Luis, al que la casera alquiló la habitación dos noches atrás. Sacan los revólveres por rutina aunque saben que no los necesitan. El individuo al que van a detener nunca va armado. El tipo, un caballero elegante, de mediana estatura y cabello algo más largo de lo que dicta la moda, no ofrece resistencia. Simultáneamente, otros dos agentes detienen a la amante del ladrón, Leonor Fioravanti, en casa de la querida de un célebre abogado. Acababa una cacería que había durado dos días, desde que Eduardo Arcos escapase de los calabozos de la Casa de los Canónigos cuando iba a prestar declaración ante el juez.

 

El hombre de las mil personalidades

Decía llamarse Eduardo Arcos Puch, nacido en Nueva York, de padres mallorquines, en 1883. Años después, sin embargo, confesó al comisario Tomás Gil Llamas que su ciudad natal era, en realidad, Palma de Mallorca. Establecer su origen es difícil puesto que además de castellano y catalán, en su variante balear, hablaba inglés con acento neoyorquino, francés, alemán e italiano.

Se construyó una docena de identidades falsas y adoptó el diminutivo inglés Eddy, tan al gusto de la gente bien de la época. Solía combinar los nombres Eddy y Teddy con apellidos de inequívoco sabor hispano: Arias, Álvarez, Morán… Sus alias policiales eran el Aviador, el Piloto y el Marquesito; en cuanto a lo de Fantômas, sostenía que la prensa francesa lo utilizó, al referirse a sus hazañas, antes de que Allain y Souvestre crearan el personaje literario del mismo nombre.

Poseedor de una memoria prodigiosa y de unas notables dotes de actor, se construía personalidades que soportaban cualquier escrutinio. En Buenos Aires fue conocido como piloto de aeroplano, en La Habana como escritor, en Roma pasaba por escultor y en Nueva York por noble español. Las interpretaciones eran tan perfectas que sus amistades, la crème de la alta sociedad, nunca sospecharon de él y fue objeto de la atención de las secciones de sociedad de periódicos y revistas ilustradas. En Madrid fue amigo del gran actor Ernesto Vilches, gracias al cual conoció a la infanta Isabel, tía del rey Alfonso XIII. Según un testigo, “el rasgo más saliente de su persona era una distinción exquisita de hombre mundano que está acostumbrado a ir siempre de guante blanco. Su cuerpo parecía hecho para vestir siempre el frac”.

 

Leonor y la calavera

Para bordar su papel de aristócrata, Eddy contó con la ayuda de Leonor Fioravanti, una bella argentina de origen italiano a la que conoció en una exhibición aérea en el aeródromo bonaerense de Lugano. Durante años viajó con ella por todo el mundo. Su presencia le ayudaba a ganarse la confianza de las víctimas y despistaba a la policía; juntos no daban el perfil de delincuentes de alto copete. En 1915 tuvieron un hijo, Eduardo, que heredó la vena aventurera de su padre.

Aunque siempre regresaba a los brazos de Leonor, Eddy era un mujeriego incansable. Un incidente en Guatemala, sin embargo, estuvo a punto de costarle muy caro y atemperó su lujuria. Tras una orgía de drogas y alcohol, una mujer se suicidó en la habitación que habían compartido. Eddy se gastó una fortuna en sobornos y escapó del país. Regresó meses más tarde y pagó a un sepulturero para que le consiguiese el cráneo descarnado de la joven, en el que un joyero incrustó lañas de plata. Lo guardó en un cofrecillo de madera lacada y terciopelo rojo que le acompañó siempre.

La calavera fue su fetiche y un arma de seducción. Cuando llegaba a un hotel, la colocaba en la mesita junto con la foto de una bellísima actriz francesa, supuesta donante del cráneo. Las camareras pronto hacían circular historias fantásticas y, según confesión del propio Eddy, “es un gran gancho para atraer a las señoras que en los hoteles lo rodean a uno de cierta aureola misteriosa”. Tenía preparado para ellas un cuento que invariablemente comenzaba con un “fue en Montecarlo una noche que se daba el 14 rojo con una insistencia trágica”. Labia de lo más creativa.

 

Modus operandi

Los hoteles de lujo eran el hábitat de Fantômas, aunque elegía a sus víctimas en la primera clase de los transatlánticos que cubrían la ruta entre América y Europa. Durante el viaje, entablaba conversación con ellas y se ganaba su confianza. Con comentarios banales obtenía información sobre rutinas y problemas de salud o de sueño, datos vitales para planear el golpe posterior en el hotel en el que se alojaran en París, Berlín o Londres, sus ciudades favoritas.

Trabajaba a oscuras. Llevaba linterna pero sólo la utilizaba en la fase final del trabajo, al forzar la caja de caudales. Sin embargo, hay discrepancias entre la reconstrucción policial de los robos y el testimonio de Eddy. Según la explicación oficial, Fantômas escalaba las fachadas de los edificios y se movía por ventanas y balcones hasta su objetivo. Era la versión que convenía a las direcciones de los hoteles, que eludían así la responsabilidad por unas medidas de seguridad interior deficientes. Él, en cambio, sostenía que entraba por la puerta y que abría la ventana o el balcón para despistar.

Para los asaltos, se embutía en una malla de seda negra y se cubría con una capucha que le tapaba la cara por completo, excepto los ojos. Este uniforme tenía dos funciones: por un lado, lo camuflaba en la oscuridad, volviéndolo invisible; por otro, en caso de que la víctima se despertase, la aterrorizaba impidiéndole reaccionar durante unos valiosos segundos. En algunos golpes utilizó la calavera iluminada; el terror, entonces, era total.

Cuando había acumulado un buen botín regresaba a Nueva York, su refugio. Vivía en el hotel Empire, en Broadway, apenas a una manzana de Central Park oeste.

La ganzúa mágica

Al parecer, el gran secreto de Fantômas era una pinza-ganzúa con la que abría las puertas desde el pasillo aunque la cerradura estuviera bloqueada, desde dentro, por la llave. Durante años ese cacharro tuvo una aureola mítica entre los policías: todos hablaban de él pero nadie lo había visto.

El día de su detención, los agentes incautaron varias herramientas que guardaba en una maleta. Ninguna de ellas coincidía con la descripción de la pinza-ganzúa. Eddy negó que tuviera un artefacto así. Sin embargo, el comisario jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, Ramón Fernández-Luna, no se lo creyó. Averiguó que Eddy se había alojado aquel verano en el hotel Royalty de San Sebastián y lanzó un órdago en forma de telegrama a la dirección: “vean cuarto número 12, colchón muelle forrado, tiene por abajo un agujero y dentro unas herramientas escondidas”. Acertó. Con ellas en la mano le fue fácil dar con los fabricantes, los hermanos Fernando y Eduardo Castillo, que tenían un taller de cerrajería en la calle de Apodaca, muy cerca del último refugio del ladrón.

Guerra y caída

La Gran Guerra de 1914 a 1918 supuso el principio del fin para Fantômas. Europa en llamas no era el escenario más adecuado para sus correrías. España, país neutral, se convirtió en refugio de grandes fortunas y los hoteles de lujo se llenaron de hombres y mujeres cargados de dinero y de joyas. Demasiada tentación. Eddy actuó con excesiva reiteración y atrajo el interés de la policía.

Curiosamente no fue un robo lo que le valió la primera detención en Madrid. Consciente de que seguir robando en hoteles suponía un riesgo excesivo, Eduardo Arcos formó con Leonor y otro socio, un tal Navasal, un equipo para amañar partidas de cartas. En junio de 1916 levantaron 3.000 pesetas -un dineral- a un comerciante andaluz que los denunció. Eddy fue detenido, fichado y soltado a las pocas horas por falta de pruebas. Su personalidad, sin embargo, había alertado al peor enemigo posible, el comisario Fernández-Luna, un profesional íntegro y brillante.

Fernández-Luna puso a su gente tras la pista del gentleman. Estaba convencido de que se trataba del escurridizo ladrón de guante blanco que buscaba la policía de media Europa. Tanto empeño puso, que Eddy se quejó con amargura a la prensa: “ese señor Luna la ha tomado conmigo -dijo-. En cuanto asomo me coge”.

En septiembre de aquel 1916, el comisario reunió suficientes indicios y lo detuvo. Fantômas mantuvo una actitud confiada durante varios días. “He vivido del juego, nada más; pero no he sido ni ladrón ni rey de ladrones, y eso lo juro porque no se me podrá probar ni un robo. Los jueces pedirán mis antecedentes penales y verán que no tengo ninguno”, aseguraba. Y no sin humor añadía, “que me demuestren un solo delito y entonces aceptaré ese cetro de randas y el capuchón negro de Fantômas aunque preferiría el esmoquin de Raffles”.

Poco le duró esa aparente tranquilidad. Fernández-Luna había hecho bien los deberes y envió su foto, descripción e identidades falsas a Zaragoza, Bilbao y Barcelona. Aparecieron cincuenta causas abiertas, con tres procesos por hurto, dos por robo y cuatro por blasfemia. Con el nombre de Eduardo Sebastián Abelli y Riche cometió, en 1907, varios robos en la Ciudad Condal que le valieron unas semanas de prisión. Pronto llegaron peticiones desde Montevideo y Berlín a las que seguirían las de otras capitales a ambos lados del Atlántico.

El fin de la leyenda

Con su identidad al descubierto y su fotografía en las recepciones de los grandes hoteles, a partir de los años 20 Eduardo Arcos se centró en lugares en donde la presión policial era menor. La Costa Azul, los Alpes y los balnearios centroeuropeos sustituyeron a París, Londres o al depauperado Berlín. En Niza se relacionó, hacia 1925, con la bailarina Isadora Duncan, cuya vida social y sexual, como la de Eddy, no se ajustaba a los cánones.

Las consecuencias del crack económico de 1929 en América y la conflictividad social en una Europa que se debatía entre el fascismo y el comunismo, redujeron su horizonte a partir de los años 30. “Este ya no es mi tiempo, ni yo el de antes -se lamentaba al comisario barcelonés Gil Llamas-. Tampoco me quedan las ilusiones. Antes, el robo era para mí un arte, lo practicaba como un arte; hoy, es un oficio desagradable”.

 

Realidad y ficción

Eddy es uno de los protagonistas de Nadie debería matar en otoño y También mueren ángeles en primavera. En ambas novelas, los personajes reales y los de ficción se mueven en un escenario extraordinario en el que hechos históricos e inventados se mezclan sin que el lector -o eso espera el autor- sepa en dónde acaban unos y empiezan los otros.

 

Además de personalidades conocidas de la época, como políticos, artistas o periodistas, aparecen hombres y mujeres desconocidos pero cuyos perfiles, como el de Fantômas, merecen mucha más atención de la que se les ha prestado. A esa categoría pertenecen Marcelo de Argila, jefe de los servicios de inteligencia catalanes, los más eficaces de la República al inicio de la Guerra Civil, o José López de Sagredo, director del Laboratorio Criminalístico de Barcelona. Y en el centro de todos ellos, Toni Ferrer, un detective privado dispuesto a buscar la verdad en medio del infierno de la guerra.

 

 

.38, Revista digital de La Balacera. Artículo publicado en el número de septiembre de 2009

 

José Luis Ibáñez (Rubí, Barcelona, 1961), periodista, guionista y redactor publicitario, ha ocupado cargos de responsabilidad en los servicios informativos de Radio España de Barcelona-Cadena Catalana y de la agencia de televisión editMedia. Ha colaborado también en El Mundo y Playboy. Como guionista de ficción ha trabajado para TV3 y RTVE. Ha recibido el Premio Atlántida del Gremio de Editores de Cataluña por sus programas radiofónicos sobre libros y literatura. Nadie debería matar en otoño (Espasa, 2007), su primera novela, fue finalista del Premio Tigre Juan. En 2009, y en la misma editorial, ha publicado También mueren ángeles en primavera.

Web de José Luis Ibáñez

4 thoughts on “La verdadera historia de Fantômas

  1. Su hijo Eduardo, además de ser también un tremendo aventurero, fue un destacado falangista durante la República. Miembro del SEU y de las milicias de asalto de Falange (Primera Línea), tuvo numerosas detenciones por motivos políticos, sobrevivió milagrosamente al fusilamiento de la Cárcel Modelo, logró huir a Italia por mediación del embajador de dicho país y poco después entró como piloto de caza del bando nacional. Murió a consecuencia de una enfermedad tropical en 1960 buscando oro en Bolivia.

  2. Pingback: ¡Han detenido a Fantômas en Malasaña! | Con historia | Somos Malasaña

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