Dieciocho días con el inspector Mascarell

Hace ya unos cuantos meses leía la primera de las novelas de la serie protagonizada por Miquel Mascarell, inspector de policía de la Barcelona republicana de finales de la guerra civil. Ambientada en este caso en los días previos a la entrada de las tropas franquistas en la capital catalana, el autor, el prolífico Jordi Sierra i Fabra, nos presentaba en Cuatro días de enero a un hombre de 55 años, inspector de policía que, a pesar de la desbandada de las fuerzas leales a la República, a pesar de apenas tener una comisaría en la que ejercer la profesión a la que se debe, se empeña en resolver el que, está seguro de ello, será su último caso. Y lo hace mientras su mujer, Quimeta, está a punto de fallecer por culpa del maldito cáncer. Lo hace al poco de saber que su hijo, Roger, ha muerto en el frente, como tantos otros miles de jóvenes.

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Y, al margen de lo trabajado de la trama y lo adictivo de una novela que no permite descanso al lector, lo que hay que destacar en esta primera entrega de la serie es la fantástica labor de recreación de una época triste como pocas: el miedo, el hambre, las penurias de todo tipo -morales también, por supuesto-, las ruinas…

Y es que, como reconoce el autor en los agradecimientos -de esta y de las otras tres novelas editadas hasta la fecha-, la memoria de otro escritor catalán, Francisco González Ledesma, resultó vital para obtener de primera mano tantos detalles que hacen de la serie un documento histórico excepcional a la hora de conocer o recordar nuestra historia más reciente.

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Las buenas sensaciones de Cuatro días de enero se confirmaron hace unos días cuando, con motivo de la publicación de la cuarta entrega, Dos días de mayo, decidí acometer la lectura de todas ellas y por orden cronológico, y lo primero que me encuentro es a un Mascarell recién salido del Valle de los Caídos, esa infamia en la que ha pasado ocho años y medio. Estamos en 1947, en una Barcelona para él desconocida, víctima de la represión sobre los vencidos -no basta su derrota, Franco quiere su humillación permanente-, caldo de cultivo para el estraperlo que ha enriquecido a unos pocos y sumido en la hambruna a la mayoría y Mascarell dispondrá, en Siete días de julio, de la oportunidad de volverse a sentir policía cuando alguien le tiende un cebo: la fotografía de una hermosa mujer, una carta y una generosa cantidad de dinero recibida en la pensión de las Ramblas en la que, en principio, nadie debería saber que se aloja.

A partir de la resolución del caso, la vida personal de Mascarell da un giro de 180 grados, rehaciendo su vida junto a una exprostituta a la que ya conocemos de la primera novela hasta el punto de conseguir que se vaya apagando en su interior la voz de Quimeta, su difunta esposa, con la que a menudo mantiene unas agudas conversaciones que ponen un tono humorístico a su, por lo general, triste recuerdo. Y llegan unos meses más o menos plácidos -sobre todo comparándolos con las privaciones de los ocho años anteriores- hasta que, algo más de un año después, en Cinco días de octubre, el inicio de la guerra y el miedo a perder la paz alcanzada junto a su nueva pareja, vuelven a por él a través de un poderoso señor de la nueva Barcelona que le encarga encontrar los restos de su sobrino, asesinado el 18 de julio de 1936.

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Y de nuevo Mascarell deberá enfrentarse a su pasado, a todo lo que ya había ido quedando atrás, a excompañeros de comisaría que corrieron igual suerte que él y a delincuentes a los que en su día tuvo que detener y que, al parecer, se encuentran en una situación mejor que la suya. Y de nuevo el excelente retrato de la Barcelona empobrecida que lucha por salir adelante como sea, que si en 1714 fue derrotada y lo consiguió, ¿por qué no hacerlo una vez más?

Por fin, llegamos a Dos días de mayo, con Mascarell casado para evitar las habladurías del vecindario -una cosa es que su mujer tenga treinta y cinco años menos que él, otra mucho menos admisible que vivan en pecado, amancebados-, con una historia que parte de una noticia leida por el autor en la Crónica del siglo XX y de la que, por supuesto, nadie dijo una palabra en su momento: el estallido de una decena de bombas en Barcelona con motivo de la visita efectuada por Franco el 1 de junio de 1949.

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Dos días, cuarenta y ocho horas nada más aunque al lector le parezcan dos semanas, que pondrán a prueba la pericia y la salud física de Mascarell y que le situarán ante un dilema que deberá resolver en cuestión de minutos, una duda de la que podría depender el futuro de la ciudad y el país.

Cuatro estupendas novelas, desde luego. Eficaces. Intensas. Cuatro novelas estructuras -cada una de ellas- en tan solo uno o dos meses y redactadas en un plazo similar, lo que deja claro el poder de la imaginación de Sierra i Fabra y su capacidad de trabajo.

En algún sitio he leído que hay quien dice que Mascarell se parece a González Ledesma. Es posible, no lo niego. Lo que está claro es que sin su memoria le habría resultado complicado a Sierra i Fabra componer una tetralogía -aunque espero que no se quede ahí y podamos seguir disfrutando de nuevos casos con el exinspector republicano como protagonista- en la que los escenarios son tan o más importantes como las propias tramas, por otra parte sumamente adictivas como ha quedado dicho antes.

Cuatro días de enero, Siete días de julio, Cinco días de octubre, Dos días de mayo
Jordi Sierra i Fabra
Plaza & Janés

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