Simenon, mala bestia

simenon

 

Marga Nelken | Madrid

Era la fotocopia borrosa de un Tintín al que hubiesen trasplantado el corazón ennegrecido del Capitán Haddock. Uno de los nuestros. Siempre, siempre, siempre por redescubrir. Nunca lo suficientemente ensalzado. Permanentemente encasillado. Desmesurado a tiempo completo. Grafómano empedernido. Fumador obcecado. Bebedor irredento. Putero compulsivo. Sobrevuelan etiquetas tocapelotas sobre el sombrero calado de Georges Simenon (Lieja, 1903-Lausana, 1989) y, para nuestra desgracia, ninguno hace honor a la verdadera altura de un tipo que, si la justicia poética existiese, tendría que constar en los manuales de literatura como uno de los más grandes que pulularon por las esquinas del pasado siglo.

Qué putada, mi brigada: las novelas de Simenon acabaron con Simenon. Lo sepultaron bajo ese tópico casposo que convierte lo ‘negropolicial’ en un género menor para inmensas minorías. Lo intentaron antes los de Tusquets, pero se quedaron a medio camino. Llegan ahora los chicos de Acantilado a ‘desfacer’ el entuerto y se lanzan a reeditar las novelas del escritor belga. Más de 500 títulos de los que, de momento, ya han publicado ‘Pietr el letón’, ‘El gato’, ‘El perro canelo’ y ‘La casa del canal’. Si este fuera otro país, la noticia acapararía las portadas de los suplementos culturales durante meses, años, décadas. Pero estamos en España. Y aquí, como ya es sabido, manda la estulticia. Es decir, la piltrafa novelada de ‘jorgejavázquez’ es la ley.

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