“Llueve sobre La Habana”, de José Luis Muñoz, por José Vaccaro Ruiz

Por José Vaccaro Ruiz

Llueve sobre la Habana es una bocanada de aire fresco dentro de la novela negra. Frente a tanto delito informático e investigadores de última generación, José Luis Muñoz nos traslada a aquello que él domina como pocos, a la vida en estado puro. En este caso con el dicharachero marco de una Habana repleta de jineteras que templan cosa mala, de huevones, bolaos, guarapitos, compays y sobre todo, sobre todo, de culos embutidos en pantalones de lycra cuya literaria y literal descripción le hace a uno descruzar las piernas durante la lectura. Y el malo, como no podía ser de otra manera, es un gringo más malo que Satanás, y encima con la carita de pitiminí de George Clooney. No se puede pedir más.

El autor nos coge del cuello y nos sumerge de cabeza, advirtiéndonos antes que cojamos aire, en un mundo de supervivientes, tanto como lo son los Skodas, Cadillacs, Buicks y guaguas apedazados con esparadrapo a un paso de la recuperada tracción a pedales que circulan por las calles de La Habana. Y es que con la caída del muro, el maná del petróleo que llegaba de la Madre Rusia se acabó para los cubanitos y la isla se convirtió en ese lagarto de piel reseca cuya forma nos recuerda Cuba al verla en un mapa, con mucho verde, carne prieta y caña de azúcar en la superficie, pero con nada o muy poco de provecho en el subsuelo. Pero compay, no hay de qué preocuparse. Porque Cuba, mi amigo, tiene, además de al compañero Fidel para deleitarte con discursos de ocho horas que duermen hasta a los insomnes, ron, cohibas, sol, imaginación y ganas de jarana al arrullo de son y bolero.

Dejando aparte el lycra y su contenido –cosa difícil-, la verdadera protagonista de la novela de José Luis Muñoz es la mujer en estado puro. La hembra amante, romántica, sensual y sexual, sabia, matriarca dominadora en un mundo de hombres. Ella reina e impregna con su aroma dulce y andares de cabalgada las páginas de la historia, es el motor de pasiones, encuentros y desencuentros. ¿La moral?, parecen preguntarse la Bemba, la Angoleña, Leticia o la Lupe, eso es cosa de los yankees. Aquí lo propio, y siempre con el permiso de Federico, es cabalgar sin bridas y sin estribos.

Por encima y por debajo de Batista o Fidel, de Miami o de Moscú, de los gringos o los rusos, de la Dictadura del Proletariado o de la otra, los personajes de Llueve sobre la Habana tienen un Estado de Derecho propio y directo desde siempre y para siempre, una Ley de Talión cínica y escéptica que aplican a todo y con todo. La isla y lo que contiene está en venta, pero solo puedes comprarla si pagas el precio. Un filete de vaca, un sicario, una templada, pero cuidado con los hijoeputa, a ésos ni agua.

A destacar un mensaje subliminal en la novela. Y es, cómo no, el Poder que tiene el fuerte sobre el débil. En la historia eso se lleva a sus últimas consecuencias hasta rozar la impunidad. Solamente ese espíritu de sobrevivencia de que he hablado antes, la primogenitura que Cuba tiene como heredera predilecta del Lazarillo de Tormes, y la superioridad en el regate corto que los latinos poseen sobre los anglosajones, permite salir a los cubanitos ganadores por goleada en esa lucha desigual contra cualquier vecino, en particular el del norte. Llueve sobre la Habana es la retransmisión de uno de esos combates.

Es tal la riqueza del vocabulario de giros, palabras y expresiones que contiene la novela de José Luis Muñoz que, debo confesarlo, hacia la mitad de la lectura me encontraba verbalizando frases como “qué bola con tu kay”, o “que he cogido un tremendo metío” al más puro estilo de La Vieja Trova Santiaguera.

Hay un ejercicio que, como lector, hago siempre al acabar un libro, y es ir al último párrafo o frase, allí donde el autor ha estampado su rúbrica. Y José Luis Muñoz, después de pasearse a sus anchas por las calles de La Habana, de describirnos crímenes, descuartizamientos y venganzas, como si todo hubiera vuelto a su cauce, o no hubiera pasado nada, o no importara, o qué se yo, concluye con un plácido: “El Caribe dormía tranquilo”.

Llueve sobre La Habana
José Luis Muñoz
La Página Ediciones

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