“El país de los ciegos”, de Claudio Cerdán, por Ricardo Bosque

Leía hace poco unas declaraciones de un afamado escritor -cuyo nombre no citaré entre otras cosas porque no necesita más publicidad gratuita que la que le hace el grupo editorial para el que suele escribir- en las que aseguraba que la novela negra está cavando su propia fosa, que está anclada en los tópicos de conspiraciones y psicopatías varias, adentrándose en un terreno en el que imperan el pensamiento débil y la estructura fácil. Toma ya.

En efecto, el género tendría ante sí un panorama desolador si todos los que se mueven en él escribieran como el sujeto en cuestión, que ya hace unos cuantos años decidió contribuir a la causa haciendo empuñar a su jueza estrella una pala con la que cavar esa profunda fosa de la que habla.

Afortunadamente, hay quienes toman la pala para precisamente lo contrario, para desenterrar el género -si es que hubiera que hacerlo, que me da que no- o hacer una montañita en la que encumbrarlo lo más alto posible, para que se le vea bien y bien de lejos. Entre ellos, Claudio Cerdán, murciano de nacimiento y dudo mucho que algún día le hagan alicantino de adopción a la vista de cómo describe la ciudad mediterránea a la que parece adicto. De entregarle las llaves de la localidad, mejor no hablar: terminaría vendiéndolas al mejor postor.

Sigue leyendo en Calibre .38



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