“El oficinista”, de Guillermo Saccomanno

Por José Luis Muñoz

Muy de tarde en tarde encuentro, como lector, una novela o un autor que me sorprenda, al que envidie, o que me deje desconcertado. La literatura, el arte de crear mundos y emociones mediante la combinación de palabras y la elección de las mismas, depara de cuando en cuando esas sorpresas. El oficinista, la novela con la que el argentino Guillermo Saccomanno ganara el premio Biblioteca Breve, es una de esas felices rarezas, una de esas maravillosas excepciones que encuentra uno en los, a menudo, trillados caminos de la literatura en donde las obras parecen clones de otras anteriores. Y es una novela, aparentemente, de una simplicidad extrema, de frases cortas, capítulos que llegan a la brevedad de media página y nunca exceden de las tres, pero cortante e intensa, escrita con un lenguaje depurado y sin adjetivos.

El oficinista (los personajes de la novela de Saccomanno, deliberadamente, carecen de nombres) es un ser gris y apocado, acuciado por una pronunciada renguera, que, como un autómata, va a su lugar de trabajo todos los días y de éste a su casa sin el más mínimo atisbo de emoción. “No es la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos lo que nos abisma, piensa. Es la pereza con que nos abandonamos a la degradación”. En ese universo gris y kafkiano que es la enorme oficina en donde se realizan tareas absurdas, se cruza en su camino la secretaria, una mujer atractiva que abre una brecha de luz en su vida hastiada y poco importa que se la beneficie el jefe, una especie de ogro que decide sobre la vida y la muerte de sus empleados, si puede tenerla por unos instantes. Esa relación, muy física, pero también emocional, le saca, con sus destellos, de la podredumbre de su hogar en donde reina una esposa mórbida y sucia, a la que debe satisfacer sexualmente con la docilidad de un perro, y unos hijos a imagen de ella, a los que detesta, salvo al viejito, un ser escuchimizado y débil que le recuerda a si mismo.

Con estos mimbres, y un escenario terrorífico (por doquier explotan hombres bomba, el ejército patrulla las calles, la gente se entretiene con combates de kickboxing en los que los adolescentes se machacan hasta la muerte, por las noches las calles son pasto de legiones de vagabundos o de cabezas rapadas) Guillermo Saccomanno construye una novela angustiosa y desazonadora, una historia de amor tristísima, porque así lo son sus protagonistas, y recrea un mundo futuro que, por desgracia, parece muy posible y muy real y se parece peligrosamente al que habitamos.

No es un recién llegado a la literatura Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, en 1948) y eso se nota en su estilo literario minimalista, trabajado a conciencia. Aunque aquí no sea muy conocido, allá ha publicado Situación de peligro (1986), Bajo bandera (1991), La indiferencia del mundo (1997), El buen dolor (1999). La lengua del malón (2003), El amor argentino (2004) y El pibe (2006), y con 77 (2008) fue galardonada con el Premio Dashiell Hammett en la Semana Negra de Gijón.

Kafka (“Cuando reacciona, no sabe cómo vino a su hogar. Está boca arriba en el piso. La cría se ha reunido en torno a él, lo miran como a un insecto moribundo. Se babean al contemplarlo. Alguno lo toca con la punta del pie para ver si todavía está vivo. La mujer espanta la cría. Encolumna los obesos y los manda al colegio. Después se encarga de él. Tira de un brazo, se lo carga y lo lleva al baño. Lo mete bajo la ducha hirviente. Le da unos golpes de agua fría. Que embuche las aspirinas, le ordena. Y se termine el café negro. La mujer le limpia el pantalón, el traje, el sobretodo. Mientras espera en calzoncillos, sentado en una silla, con la taza de café, ella plancha su ropa. Lo rezonga y amenaza con la plancha”).y Orwell (“El amanecer, la bruma del amanecer. En alguna parte, una bomba. Después, sirenas. Otro día en la ciudad. Dos narcos en moto ametrallan un ministro. Casi a la misma hora, en un colegio, dos varones y una nena arman un bazooka y liquidan docentes y alumnos “) reinan en los renglones torcidos de esta novela magnífica que atrapa al lector desde la primera línea, pero también hay ecos de una película lejana, de un ex miembro de Monthy Pitton, Terry Gilliam, que con Brazil recreó un universo muy parecido al que el escritor argentino alumbra en su novela.

Maneja Saccomanno, con enorme eficacia, los recursos literarios. Extrae enorme partido de la prosa rítmica que suena con seca contundencia, golpeándote (“Las tres de la madrugada en todos los relojes de la ciudad. Las tres de la madrugada en las calles mojadas. Las tres de la madrugada en los pórticos donde yacen los sin techo. Las tres de la madrugada en las estaciones del subte. Las tres de la madrugada en las plazas de cemento. Las tres de la madrugada en las autopistas desiertas. Las tres de la madrugada en los escombros llameantes del último atentado. Las tres de la madrugada en el campamento guerrillero. Las tres de la madrugada en los cuarteles. Las tres de la madrugada en las pistas de aterrizaje. Las tres de la madrugada en los hangares, los helicópteros quietos con sus hélices húmedas de sangre de murciélagos”), juega con el sentido de las frases, alterando su significado y esencia con requiebros extraordinarios en su orden interno (“Un oficinista sueña que se queda dormido en el último viaje y sueña que es un perro. El perro se duerme. Y al despertar es el último oficinista que se ha quedado dormido en el último subte. Al despertar, la realidad es más terrible que antes del sueño. Porque al despertar es otra vez un hombre. Esta noche, al despertar en el fondo del último vagón del último subte tiene la sensación de que su destino está escrito. Se pregunta qué es más difícil, si despertar a uno que está dormido o a uno que, como él, despierto, sueña que está despierto).

Original, estremecedora, a veces tierna y otras brutal, las páginas de El oficinista se devoran mientras se viaja por ese mundo infernal y totalitario que quizá estemos entre todos alumbrando.

La sangre de los televisores no salpica. En todo caso, no físicamente. Su salpicadura es moral. Pero como la conciencia puede ser impermeable, a uno puede no afectarlo su visión. Lo mismo ocurre con el fuego. Una explosión, las llamaradas. Pero el fuego no se propaga: es una sensación atérmica. A menos que uno sea tan sensible como para enfebrecer con esas imágenes. Pero nadie es tan sensible. Si las imágenes de la televisión pueden causarle fiebre a uno es por teleadicto, horas frente a la pantalla”.


El oficinista
Guillermo Saccomanno
Seix Barral

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