“Ángeles negros”, de José Vaccaro Ruiz

Por José Luis Muñoz

Tener voz propia dentro del género negro que se escribe en España y huir del tópico no es nada fácil. La literatura negrocriminal, tan de moda en nuestros días, está incorporando nuevos valores que acceden al género con entusiasmo y reciben el premio de sus lectores. Son muchos y jóvenes. El de José Vaccaro Ruiz, un narrador al que no hay que perder la pista, es un caso extraño, un rara avis dentro del panorama. Puede que el haber llegado tardíamente a la literatura, con 65 años y una cabeza extraordinariamente bien amueblada, redunde en beneficio de sus novelas. Seguro. Vaccaro no habla sobre sí mismo, porque quizá ya se le pasó el tiempo, ni se deja seducir por experimentalismos, porque no le interesan y dificultarían las tramas de sus novelas, sino que se limita a contar historias que circulan deliberadamente por los límites de lo políticamente correcto, y es un ejercicio que hace extraordinariamente bien, con una prosa eficaz, a la que ni le sobra ni le falta nada y está siempre al servicio de una narración que no decae en ningún momento y fluye sin aspavientos.

Una serie de asesinatos, aparentemente inconexos entre si, sacude el oasis catalán. Las víctimas, asesinadas de forma brutal y por diversos procedimientos, son renombrados políticos de los principales partidos del espectro más algunos profesionales aparentemente sin tacha. Jover, un investigador desencantado, se pone a indagar la desaparición de una de ellas y descubre un inquietante nexo que une todas esas muertes mientras el peculiar asesino sigue con su frío trabajo con intención de culminarlo.

Cuida con mimo José Vaccaro Ruiz el escenario de su novela, consciente de la importancia que tiene el paisaje sobre el paisanaje, por lo que Ángeles negros está bien surtida de descripciones de algunos de los barrios por donde discurre (“El Raval es un reducto urbano insertado en el corazón de la ciudad de Barcelona adonde nadie acude con intención de hacer relaciones públicas. Si un oasis es para un desierto una zona de vida en medio de la muerte, el Raval es, para Barcelona, un agujero negro en mitad de su universo de diseño. Allí la gente se cruza procurando no mirarse, como una forma de evitar problemas. Donde no esperas que nadie te dé nada, al contrario, que te lo quite si puede, no hay interés en ser sociable”); confiere debida encarnadura a sus dos protagonistas, el asesino en serie, que se venga así de su lamentable estado de incontinencia intestinal (no es muy normal un criminal que use pañales y ése es un detalle chocante, pero no baladí, que explica su venganza implacable), y el correoso investigador, cuyas vidas transcurren en paralelo, y eso no solo lo hace a través de precisas descripciones físicas de ambos, muy naturalistas, sino también, sobre todo, a través de un tratamiento impecable de unos diálogos que Vaccaro maneja con soltura.

Ángeles negros es una excelente novela negra, muy ágil a pesar de su volumen de páginas, porque el escritor sabe soldar muy bien los pasos de su doblete protagonista, pero es también una demoledora crítica a la corrupción en todos los ámbitos de lo público, que Vaccaro parece conocer muy bien por su actividad profesional (abogado y arquitecto). El novelista dispara con arma de grueso calibre contra una clase política que no le inspira ninguna simpatía, de la que ya sabemos lo proclive que es a ser corrompida por el vil metal, pero de la que ignoramos sus más inconfesables vicios que son los que motivan la labor del justiciero y centran la novela. Vaccaro se convierte en un avezado guía de las cloacas del poder, y nunca, como en esta novela, el término fue tan acertado.

El protagonista de Ángeles negros, el encallecido investigador Juan Jover, es todo un feliz acierto; tiene rasgos del Méndez de González Ledesma, porque perteneció a la franquista BIPS y no se arrepiente de ello, y del Carvalho de Vázquez Montalbán, porque, como aquel, se refugia, de cuando en cuando, en la gastronomía y en la buena bebida, pero en su desencanto vital no es tan inocente como sus ilustres predecesores y le aleja de ellos su ácida visión de la sociedad y la ausencia de ternura.

Bienvenidos ambos al club de la novela negra: autor y personaje. Y bienvenida una literatura que entretiene mientras denuncia y deja un sabor amargo en la boca.

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