“Siete maneras de matar a un gato”, de Matías Néspolo, por José Luis Muñoz

Por José Luis Muñoz

En los arrabales de una indeterminada ciudad argentina, poblada por sin techo, policías y putas, el Gringo y el Chueco, dos colegas, malviven hasta que hacerse con un arma de fuego les abre más posibilidades de delinquir, pero también la puerta del infierno.

Siete maneras de matar a un gato es una novela sin eje central, con historias que se entrelazan unas con otras sin terminar de cerrarse, sin que ello importe, porque la forma de narrar, en primera persona, desde la mirada del Gringo, el delincuente que descubre Moby Dick en un manoseado libro, cobra más importancia que la historia.

Tan gráfico como cortante, Néspolo da pinceladas certeras que dibujan con precisión un escenario del que no se puede salir: la marginalidad que deriva de la pobreza extrema.

No queda ni un asiento sano donde estirarse. Pegado a la boletería un ciruja hediendo se arma la cama con unos cartones. Más allá, un paralítico que mendiga con un cartel berrea como un descosido. Apura una cajita de vino y se pelea a los gritos con los fantasmas que le nublan la vista. Para completar el quilombo, un morocho con la cara picada cierra el quiosco de revistas bajando la cortina metálica a patadas.

Cargada de costumbrismo, repleta de argentinismos que enriquecen el lenguaje suburbial con que la novela está narrada, por el Gringo, la originalidad del los diálogos cobra una especial importancia, porque Siete maneras de matar a un gato es una novela muy dialogada.

─A ella no, pero a todos a los que se la serrucharon sí. ¡Tu mamita era más puta que las gallinas! No le hacía asco a nada. Se volteaba hasta los postes del alumbrado. Y los dejaba secos. Más limpitos que un hueso de pollo. ¿Sabés cómo le decían? Lengüita…

Pero quizá sea en los momentos eróticos, que endulzan la dureza de esta narración, en donde la prosa de Néspolo se torna sensual para dejar a un lado la sordidez y la violencia. El Gringo se enamora, aunque en la relación no se sepa qué va antes, si el afecto o la carne.

Yani me la chupa con ganas. Está desnuda, arrodillada. Como si rezara frente a un altar. La melena negra le cae sobre los hombros. Los rulos le brillan al sol. Azulados. Arquea la espalda, tersa. Me inclino y le recorro el surco de la columna hacia abajo con el pulgar. Donde nace el culo me detengo. Una pera invertida, deliciosa y fresca para morder en verano.

Matías Néspolo, en ésta su primera novela, hace un certero retrato de la marginalidad argentina, ambientada en los tiempos del corralito y el derrumbe económico, aunque la narración quede abierta, porque podría haber continuado, ininterrumpidamente, porque nada en ella se cierra salvo los personajes que se desangran por el camino víctimas de balaceras.

SIETE MANERAS DE MATAR A UN GATO
Matías Néspolo
Los Libros del Lince
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