“Tarde, mal y nunca”, de Carlos Zanón, por José Luis Muñoz

Por José Luis Muñoz

Tanveer Hussein y Epi son amigos y colegas que sobreviven en el barrio. Sin profesión, sin futuro ni más lazos afectivos que los que les depara el sexo, trapichean con la droga y les pone la violencia. Pero Tanveer, el moro, le ha quitado a Epi su chica, Tiffany, y eso no se lo perdona y se lo hará pagar.

Con personajes primarios, del suburbio, pero tremendamente reales, Carlos Zanón configura esta novela negra urbana, su primera incursión en el género, y lo hace con fuerza y maestría. Difícilmente puede producirse una empatía del lector hacia alguno de los turbios personajes enloquecidos, como los drugos de La naranja mecánica, de Tarde, mal y nunca, sujetos que se drogan con la violencia, pero asistimos a sus correrías salvajes, hipnotizados por el ritmo de la narración que no concede un segundo de respiro.

El insistía y le empujaba la cara hacia el puño que permanecía inmóvil frente a la boca. Finalmente obedecía. Besaba el puño, sus nudillos. En alguna ocasión él, sin razón aparente, deshacía el puño y le daba un guantazo. Un golpe plano, simple. La misma mano que acaricia puede pegar: esa parecía la lección.

La referencia a La naranja mecánica no resulta gratuita. Zanón habla de los mecanismos de la violencia que sacude a sus protagonistas, especialmente a Tanveer Hussein, y teoriza sobre los efectos adictivos de ella, que actúa como una droga más.

Un arrebato es un duende malvado que se apodera de uno. Y tal y como entra en ti, desaparece después, No da explicaciones ni un manual de excusas. Simplemente aquello -lo que sea- pasó. La violencia no tiene orejas. No avisa de su llegada. No corre ni salta: sólo estalla. Resulta estimulante no contenerse, no aplicar ningún freno intelectual ni moral. No preguntarse si es correcto o no hundir un puño en la cara de una mujer, asestarle zapatazos allí donde no se cubre, estirarla de la cabellera hasta que ella ayuda un poco y se pone a andar. El olor de la sangre, como el de la gasolina o la cola, es profundo, intenso, llena por completo los agujeros de tu cabeza, te recuerda que en algún sitio existe un orden que sólo dictas tú. ¿Cómo evitar que eso no te guste?

Leyendo la novela de Zanón, que parece escrita con la misma furia y rabia que destilan sus personajes, con frases cortas que sajan como navajas, impactantes, y ritmo cinematográfico, piensa uno en películas como Perros callejeros de José Antonio de La Loma, o Deprisa, deprisa, de Carlos Saura, porque la primera novela de este autor, negra, negrísima, nos acerca, haciéndonos sentir vértigo, a una especie humana que habita en los suburbios de las grandes ciudades pero es mejor no tropezarla nunca.

Zanón no rehúye la crudeza ni toma partido moral sobre lo que narra. Los hechos son así, y suceden, y los personajes son brutales, toscos porque no han tenido otra opción en sus vidas. Tanveer, con la silenciosa ayuda de su colega Epi, no tiene conciencia social, no arremete contra los que le han condenado a vivir en la marginalidad sino que lo hace precisamente con los suyos, con los débiles y desheredados, como sucede con la prostituta que secuestran y vejan en la parte trasera de la furgoneta y es una de las partes más enervantes de la novela.

Ella obedece. Ahora la mano le aprieta en la nuca. Le vienen arcadas en cada embestida. Mientras se la está chupando empieza a rezar. A pensar en sus hijos. En su marido. En la promesa de no ser nunca tan idiota y no volver nunca más a esto. Y también piensa que luego hasta los malos ratos se olvidan. Te tomas un café con leche calentito en el Torrefacto del Mercado. Y al salir de la cafetería sólo queda la pasta conseguida. Unos euros para comprar lo que no tienen sus hijos, para girarse un cartón en el bíngo, para seguir pagando el alquiler.

Entre los méritos de Tarde, mal y nunca, que se lee con precipitación y sin reposo, no es el menor la efectividad visual de la prosa de su autor, capaz de sugerir con las palabras crudas, sin adjetivos, una profusión de imágenes.

Protegida por la oscuridad, gira la cabeza ante la nueva remesa de coches que se acercan. Los faros la atraviesan por detrás y a través de sus piernas se forman columnas de luz que iluminan la grava de la calzada.

Cuando se termina la novela, meditando sobre ella, puede darse cuenta el lector de que en realidad, entre tanto golpe y sangre, tanto exabrupto y violencia, tanto sexo y violación, esos seres marginales, a los que hemos acompañado en su enloquecida huída, necesitan amor, porque si Epi, el segundón, el que asiste entre horrorizado y pasivo a las violaciones de putas que su colega realiza en su furgoneta por el simple hecho de divertirse, la emprende a martillazos con él al principio de la novela es sencillamente porque no puede soportar que se haya llevado a su chica. Y en su chica, en Tiffanys, no encontrará más que su ruina.

¿Si uno pasa mucho tiempo en la selva conoce y distingue el silencio que siempre presagia lo peor. En el barrio pasa lo mismo. En las tiendas y entre la gente se respira cuándo la calle está nerviosa o dormida. Es la pulsión que recuerda que debajo del asfalto y los panales de cemento, bajo los aparcamientos subterráneos y las mil y una historias encerradas tras cada puerta, permanece la esencia viva de la tierra, el fuego y el agua.

Fuego, del infierno, quema las páginas de esta ejemplar primera novela.

Tarde, mal y nunca
Carlos Zanón
Saymon Ediciones

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s