Thierry Jonquet. Autobiografía y sucesos

 

Por Noemí Pastor

Vayan primero unos cuantos datos generales. Thierry Jonquet nació en París en 1954 y allí mismo murió, en el hospital de la Salpêtrière, para ser exactos, en 2009. Es considerado como uno de los principales autores del polar francés. Comenzó a publicar a principios de la década de 1980 y su última novela, Ils sont votre épouvante et vous êtes leur crainte, salió en 2006. Firmaba con su verdadero nombre y con los de Ramon Mercader y Martin Eden. Además de novelas negras, produjo cuentos, relatos, novelas juveniles, guiones para televisión y para cómic. La mayoría de sus obras no están traducidas al español.

El propio Jonquet decía de sí mismo en una entrevista en fluctuat.net1 que carecía de imaginación, que no se inventaba nada, que lo que relataba en sus novelas negras lo había vivido directamente o lo había sacado de los periódicos. Y si te pones a repasar una a una sus obras2, resulta que es verdad, que siempre hablaba de algo que conocía bien de cerca.

Paradójicamente, decía que habia empezado a escribir novelas para huir de su biografía; pero, claro, una forma de huir de ella era convertirla en ficción. Su primer empleo lo tuvo en un hospital de ancianos y en ese ambiente se desarrolló su primera novela, Le bal des débris. Otro asilo, durante la terrible ola de calor del verano de 2003, aparece también en una de las últimas: Mon vieux. Luego trabajó con niños que tenían problemas de movilidad y de ahí salió Mémoire en cage.

Más tarde fue profesor de secundaria en un instituto de las afueras de París, como la protagonista de Ils sont votre épouvante et vous êtes leur crainte y el de La bestia y la bella. También trabajó Jonquet como guionista de televisión y a eso se dedica precisamente el prota de Mon vieux.

Si exceptuamos al guionista, vemos que todos los demás personajes trasuntos del autor son trabajadores públicos, funcionarios, una raza humana peculiar que Jonquet diseccionaba con bisturí para mostrarnos su grandeza y su miseria, porque de todo hay en esas oficinas del señor.

Los funcionarios son un universo conocido por Jonquet y por todo el mundo, porque quien más o quien menos, por suerte o por desgracia, se las ha tenido que ver alguna vez con el funcionariado. Lo que Jonquet nos cuenta, pues, nos resulta familiar, creíble, reconocible, cercano y absolutamente real, pero, claro, para que todo esto se convierta en novela, hace falta que estos personajes tan encajados en el sistema salgan de él, violen sus normas, metan las manos en la masa. Así lo hacen y acaban por no diferenciarse mucho de los que están al otro lado: los vigilantes de prisiones se acaban pareciendo a los vigilados; los profesores, a sus alumnos podridos de prejuicios; los jueces, a los delincuentes que juzgan.

Y si hablamos de funcionarios con un pie dentro y otro fuera del sistema, no podemos olvidar a los polis, que nos vienen bien para hablar ya de los sucesos. Dos novelas de Jonquet, de las más policiacas, están extraídas de las páginas negras de los periódicos: Les orpailleurs y Moloch, con las que creó una especie de minisaga, pues los polis protagonistas son los mismos en ambas.

El seguir tan de cerca la realidad de la prensa en Moloch le trajo a Jonquet quebraderos de cabeza: lo llevaron a los tribunales por incluir en la novela información sobre un caso real que, cuando el libro apareció, estaba todavía sin sentenciar. Tuvo que demostrar que no había contado con información privilegiada, que nadie le había soplado nada, que todo lo novelado había sido publicado previamente en algún medio. Y ganó el juicio.

Jonquet se declaraba fascinado por la violencia y la barbarie de los noticiarios. Por eso, para liberarse de la angustia que le provocaban, incluía las noticias en sus novelas, o las construía a partir de ellas. Así, el lector, al mismo tiempo que lee una novela, repasa la actualidad de la época. De ahí precisamente le vinieron algunas críticas: que unía demasiado sus escritos a las noticias, que ataba demasiado estrechamente sus novelas negras con los acontecimientos que traían los medios. Jonquet se defendía diciendo que la novela negra trata, en el fondo, de la violencia, y que es una especie de noticia de sucesos en el sentido amplio de la palabra.

Pero, además de autobiografía y sucesos, hay otra cosa: contenido político. Si ahora digo que Jonquet tuvo un pasado trotskista3, puede que haya quien se eche a temblar. No, tranquilo todo el mundo: Jonquet no escribía panfletos; es más, decía que no le gustaba eso de la “literatura comprometida”, y abominaba de autores como Didier Daenickx, que (según él; yo no estoy de acuerdo con esta afirmación), tratan al lector como si fuera cretino y tuvieran que educarlo.

Así que en las novelas de Jonquet no encontraréis patrones malvados ni obreros angelicales. Para nada. Un arrastrado marginal puede ser un cabronazo de tomo y lomo; una prostituta apaleada, una mala pécora; un mendigo anciano, traficante de niños; un líder del partido comunista, antiguo militante nazi. No se salva nadie, pero siempre hay alguien que sale peor parado y ese alguien suele ser el más hipócrita, quien más luce, quien tiene mejor imagen pública, quien se alimenta de la infamia pero tiene las manos limpias de delito. Por ejemplo, Jonquet mismo citaba en la entrevista a ciertos organizadores de viajes a Tailandia. Saben que sus clientes se dedican al turismo sexual, a explotar a niñas y niños del tercer mundo, pero organizar viajes es perfectamente legal.

El contenido político es en Jonquet más bien un ambiente, algo que rodea a la peripecia, sin llegar a ser la peripecia misma. Los relatos fluyen, como digo, pegados y paralelos a la realidad, a crisis políticas y sociales verdaderas, que todos hemos conocido y vivido, aunque sólo sea a través de los medios de comunicación. De tal manera nos contaba Jonquet de qué pie cojeaba la Francia de finales del siglo XX y comienzos del XXI, hacia dónde se encaminaba, o se precipitaba, según se mire.

Y esto es interesante porque Francia es un país al que merece la pena observar; una de las mayores economías mundiales, con un alto nivel de desarrollo; un país gran receptor de inmigración y con una producción cultural envidiable. Es un país que, por supuesto, también tiene alcantarillas y puntos negrísimos en su pasado reciente. El potentísimo Estado, la République y toda su grandeur no llegan a todas partes; sus tuberías tienen agujeritos y por ahí se desangran, inundan y ahogan a los más débiles.

Me falta citar otro ingrediente de las novelas de Jonquet: lo fantástico, que desmiente al propio Jonquet cuando decía que no tenía imaginación, pues dudo mucho de que los argumentos de Tarántula y Ad vitam aeternam los sacara de los periódicos.

Ambas novelas tienen en común que comienzan con los consabidos ambientes marginales, de delincuencia, cárcel o ambas cosas a la vez, con una peripecia negra o policiaca, en la que, poco a poco, va calando un elemento de desconcierto o de misterio, de irrealidad, que acaba siendo predominante en el relato, el cual, sin embargo, permanece asentado en una realidad bastante cruda. Sorprendentemente, ambos elementos acaban compenetrándose a la perfección; lo fantástico, lo gótico, lo surreal, acaba encajando en el callejero exactísimo de París4 tan bien como lo haría en México o en Colombia.

Si me preguntáis cuál es mi novela favorita de Jonquet, me pondréis en un aprieto, pero, haciendo un sacrificio y aguantándome las ganas de hablar de Tarántula y Mon vieux, quizás conteste que Mémoire en cage5. ¿Por qué? Por original, por diferente, por despiadada, por atrevida; por mantener esa construcción tan precisa, tan equilibrada, tan típica jonqueana, que vemos que nos conduce al desastre, nos lleva de cabeza a lo peor que podía pasar; las líneas fluyen hacia el choque de trenes y no podemos hacer nada por evitarlo; sólo dejarnos llevar.

La protagonista de Mémoire en cage es Cynthia, una adolescente encerrada en un cuerpo que no anda, no habla, no puede contener la saliva ni cerrar la boca. Vive en un hospital con otras gentes con daños cerebrales y personal de dudosa catadura moral, odia a su médico y a sus padres y maquina poco a poco, sin prisa (el tiempo es largo cuando no se tiene nada que hacer, cuando el cuerpo no te permite hacer otra cosa que pensar), la venganza.

Me gusta porque es una historia sórdida y difícil que no cae en ningún momento en lo compasivo: elegir como protagonista a una disminuida física no es precisamente un punto de partida cómodo; si, además, la presentamos como una criminal y no rehuimos hablar de su vida sexual, nos introducimos en terrenos fangosos de los que rara vez se sale limpio. Pero Jonquet lo soluciona de manera simple: trata a Cynthia no como a “la legumbre” que ven en ella sus cuidadores y compañeros, sino como a un ser humano como otro cualquiera, con sus problemillas de adolescente, sus odios feroces, sus manipulaciones, sus disgustillos, su dolor…

En 2011 va a estrenarse La piel que habito, un film de Pedro Almodóvar basado en la novela Tarántula de Jonquet, una de las pocas suyas que están traducidas al español. Me haría muy feliz que el presumible éxito de esta película sirviera para se tradujera por fin su obra completa. Amén.

Noemí Pastor fue profesora de literatura y hoy es traductora y lingüista. Vive en Bilbao. Es aficionada al género negro (cine y novelas) y a las vidas de santos. Ve mucho la tele, cree en el individualismo y en la libertad personal y escribe de sus cosas en boquitaspintadasnp.blogspot.com.

.38, Revista digital de La Balacera. Artículo publicado en el número de septiembre de 2008 y revisado por la autora en febrero de 2011


1A partir de ahora me referiré a este texto como “la entrevista”, porque es la única que he encontrado en Internet. No se puede decir que se prodigara por la red, no.

2No hablaré aquí de todas las novelas de Jonquet; sólo de las convencionalmente calificadas como negras. Para ver su producción completa, los premios que recibió y algunos datos más interesantes, pasaos por su entrada en la Wikipedia en francés: http://fr.wikipedia.org/wiki/Thierry_Jonquet.

3Uno de sus seudónimos, Ramon Mercader (él lo escribía así, a la francesa, sin tilde) es el verdadero nombre del asesino de Trotsky.

4Recomiendo leer las novelas de Jonquet con un plano de París en la mano. Un escenario recurrente es la zona de Belleville.

5Puede traducirse por Memoria enjaulada.

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